Fernando Cabrera en el Café Berlín (12 octubre 2016)

Artista: Fernando Cabrera

Lugar: Café Berlín (c/Costanilla de los Ángeles 20, Madrid)

Fecha: 12 octubre 2016

 

Pasaron unas cuantas cosas entre las once menos cuarto de la noche y las nueve y cuarto de la pasada noche del 12 de octubre en el Café Berlín. Y hablo de horarios porque a las once menos cuarto el público, que abarrotaba el Café Berlín, se ponía en pie para aplaudir con ganas a Fernando Cabrera tras un gran recital, y también porque a las nueve y cuarto Fernando se sentaba frente al micrófono con su guitarra eléctrica dispuesto a incendiar Madrid. Y también hablo de horarios porque todos sabemos dónde está el tiempo.

Solemne y con aire pacífico Fernando Cabrera ofreció un concierto de hora y media sencillamente maravilloso, y digo sencillamente porque él aparenta hacerlo todo sencillo: las notas exactas que salen de su guitarra eléctrica para sujetar, como con alfileres se sujetan se sujetan los vivos colores alas -que fueron vuelo- de una mariposa, su especial voz… y/o viceversa; y también digo maravilloso porque tanto el repertorio, que el respetable acompañó con un silencio perfecto para la escucha de canciones, como el ambiente mágico que se creó en el Café Berlín fueron dignos de un adjetivo tan certero como ese. Comenzó el uruguayo el concierto con Punto muerto y Pandemonios, para luego saludar al público y contar que iba a cantar Imposibles, una canción que hace referencia al mito griego de Ícaro. Ícaro fue aquel hombre que con unas alas, hechas de plumas y cera, intentó volar para escapar de la isla de Creta, pero ascendió tanto en el cielo que al acercarse al sol la cera se derritió y las alas se cayeron condenando a Ícaro a precipitarse al mar morir ahogado. Fernando Cabrera dijo que Ícaro fue el único hombre de la historia que consiguió volar, y entonces yo recordé el relato El mundo de Eduardo Galeano, contenido en su Libro de los abrazos, en el que un habitante de Neguá (Colombia) sube al alto cielo y al regresar cuenta que ha observado desde allí arriba la vida humana y somos un mar de fueguitos. Y mientras Fernando cantaba Imposibles en mi cabeza resonaba la última frase del relato de Galeano: “algunos (fueguitos) arden con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear y si te acercas se encienden”. Y así, entre canciones como AguaDiseño de interiores o la inédita Otra dirección, yo parpadeaba al mirar a Fernando Cabrera porque sus canciones son parpadeos preciosos, versos que son imágenes que el uruguayo lanza con su voz y su guitarra y se te clavan en la retina de la sentimentalidad, y que forman una mirada patria de mil paisajes.

La noche amenazó con incendiarse con el fueguito de Fernando Cabrera cuando dejó la guitarra y cogió una cajetilla de fósforos con la que se acompañó en percusión para cantar a capela la poderosísima Viveza. Pero ningún fósforo se hizo chispa y luz porque ya la música, de nuevo de la guitarra eléctrica, iluminaba el Café Berlín y centelleaban en los oídos de los asistentes los versos de canciones como Puerta de los dos, La casa de al lado o la dedicada a la madre del artista, también nuevo tema, que llevaba por título Pollera y blusa. El repertorio continuó con Críticas y Al mismo tiempo para llegar a las celebradas, con aplausos de emoción por parte del público, Te abracé en la noche y El tiempo está después. Iba acabando el concierto y era turno para cantar Una hermana muy hermosa (título obtenido de un verso de la canción Los hermanos de Atahualpa Yupanqui) y bajarse del escenario tras cantar la genialidad que es Dulzura distante.

Se había acabado el concierto con Dulzura distante pero nadie, ni artista ni asistentes, quería irse y Fernando Cabrera volvió a sentarse frente al micro con su guitarra eléctrica para hacer, en dos bises, los temas Por ejemplo, Méritos y merecimientos y Llanto de mujer. Y lo que pasó a partir de ese momento ya lo he contado: el público en pie aplaudía, creo que en cierto modo atónito (o al menos así estaba yo), lo que acababa de ver y escuchar. Madrid no se incendió en la noche del 12 de octubre porque la cajetilla de fósforos quedó sobre la mesita que había en el escenario, pero un mar de fueguitos salió del Café Berlín portando una nueva llama ardiendo en el recuerdo. Eran las once menos cuarto de la noche y el tiempo… el tiempo… el tiempo se había parado.

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