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Gotas

Álbum: Gotas

Autor: Roura

Año: 2022

No sabría decir si una gota de agua sacia la sed o si acaso, si estás en un estado de polidipsia, una gota de agua, al beberla, puede generarte aún más sed. Pero sí que sé decir que cuatro gotas, esto es las cuatro canciones que componen el disco Gotas de Alejandro Roura, han saciado la sed de nuevas canciones -de nuevo disco- que tenía desde que ya rallé, hace casi dos años, El ruido de las pestañas de tanto escucharlo. Sí, tenía ganas de nuevo disco de Roura, y tenía una curiosidad brutal, desde que hace unos meses me enteré de que saldría en breve, sobre cuáles serían las canciones que lo compondrían y cómo sería el sonido del trabajo. Porque el trabajo anterior, El ruido de las pestañas, creo que fue excelente en su producción (las canciones que lo componen requerían más ambientación musical que instrumentalización, y así lo hizo muy bien Gabriel Vidanauta) y en su puesta de largo con los monólogos de Javier Crudo que se entrelazaban con las canciones -obras creativas en el relato de una magnitud apabullante- haciendo del trabajo, en su escucha de principio a fin, como un sueño al que el oyente llega, se queda y posiblemente nunca se va. Entonces tras ese primer disco tan onírico e impactante, era grande mi curiosidad sobre la nueva propuesta musical de Roura, y creo que ésta no ha podido ser más acertada tanto en la selección de las cuatro canciones que lo componen como en la producción musical.

Quien haya escuchado a Alejandro Roura alguna vez sabrá de su maestría a la hora de inventar historias, de un surrealismo tangible y particular, y divertir con ellas. También sabrá, si no ha cometido el error de quedarse en esa parte de la obra del gallego que tiene que ver con lo disparatado y humorístico, que hay muchas historias que nacen del costumbrismo para, con versos que lanzan una imágenes asombrosas, expresar reflexiones, dudas, y preguntas abiertas al mundo. Es por ello que Gotas me parece una maravilloso trabajo de cuatro canciones que contienen las cuatro esquinas del óvalo circular que es la obra de Roura. En Caminaba por Gran Vía encontramos el nexo con el trabajo anterior, El ruido de las pestañas, en una historia inventada (aunque seguramente él siempre podría negar que es real) en la que narra lo que sucede en Madrid un día que Roura sale a pasear por la ciudad y casualmente se encuentra excesivamente guapo. Ayuda mucho al dinamismo de la canción, y aquí ya empiezo a alabar el trabajo del productor Toni Brunet, la mandolina que nos conduce, quizá como el ovillo por el laberinto, por el itinerario disparatado que nos presenta el cantante y evita que nos perdamos. Y ya que he empezado a hablar de la producción musical poner en relieve, como pasa en el resto de Gotas, la que es para mí marca esencial de Toni Brunet que son esos arreglos, que en su ecualización perfecta no quieren ser protagonistas de ninguna parte de la canción pero que la aguantan como el cemento, que no se ve en las grietas, sujeta las piedras de un muro. Estoy hablando, en el caso de Caminaba por Gran Vía, de los arreglos de guitarra eléctrica, así como la ambientación musical de la parte hablada en la que Roura lista los tipos de besos que tiene disponibles para los transeúntes que pasan.

Y si decía que si uno no se queda en las canciones de Roura que nos divierten, y mucho, se da cuenta que tiene temas con una profundidad magnífica como es el caso de Clorofila y, en cierto modo, también en la canción que cierra el disco titulada La soledad buena. Canciones que nacen del costumbrismo, explicado desde la celebración del detalle, y van, a través de potentes versos en su cualidad de generar imágenes, hacia la reflexión y el interrogante. Y así, en Clorofila, desde la sombra del número cuatro en la pared que proyecta una persona que se viste en habitación ajena, llegamos al planteamiento de querer saber si el amor va de vivir de otra luz o de brillar uno mismo. Y en La soledad buena, con un lenguaje que usa más metáforas en la descripción para colocar al oyente en el escenario donde transcurre la canción, nos encontramos con la intriga resuelta de que por mucho que nos creamos exclusivos en la existencia ya antes ocurrieron las mismas cosas (seguramente a otros que también se creyeron exclusivos en acciones e ideas). Estas dos canciones también comparten una característica usual en las composiciones de Roura, aunque cada una a su manera, que es el acabar (algunas veces) con algo, una estructura de frases que se repiten, que está entre la coda y un estribillo desubicado. Estrategia muy acertada, desde mi punto de vista, para que el oyente tenga un respiro en la atención disciplinante que requierren las canciones del gallego.

Y una cosa más que creo que acierta la edición de Gotas, en aquello que decía al principio que este trabajo puede representar, de alguna forma, la manera de hacer canciones de Roura es en la forma que escuchamos Mis peces. Una producción «sencilla» a gutiarra y voz (aunque hay un violín como instrumento de acompañamiento y una calculada percusión que sostiene gran parte de la canción). Dicho de otra manera: el formato al que podamos estar acostumbrados a ver a Roura sobre un escenario. Y a la vez, en su desnudez musical, una canción completa con su planteamiento pseudo disparatado, que entronca en ello con Caminaba por Gran Vía, con su reflexión magnífica, que se auna a lo ya dicho de Clorofila y La soledad buena. Solo alguien tan atento como Roura puede fijarse, tras las gotas que se quieren adherir al cristal de un acuario, en el ánimo vital de sus peces («ellos no saben que son míos / ni responden al nombre que les doy / ni son un misterio para ellos mismos»). Quizá sus peces, también buscando las gotas, de oxígeno ya más que de agua, quieren fijarse en él, y en nosotros mismos, para preguntarse las mismas preguntas en su memoria fugaz.

Es, en resúmen, Gotas, en sus cuatro canciones, un grifo que no deja de gotear y del que vamos a beber en la inmediatez de la sed de un nuevo trabajo de un artisto y en la necesidad vital de un segundo disco que perdurará a la obra venidera.

Joan Manuel Serrat en Palau Sant Jordi (23 diciembre 2022)

Cada persona que entraba en el Palau Sant Jordi el pasado viernes 23 de diciembre tenía su propia historia con Serrat, y todas esas historias, que se escuchaban en las conversaciones de los asistentes al último concierto del de Poble Sec, se estremezclaban en la noche como las ramas de una enredadera que trepa por la pared de una casa. Todas esas historias, como digo cada persona tenía la suya, hablaban de la primera vez que escucharon a Serrat, del amigo o del familiar que les puso un disco, de un verano donde empezó a sonar y se quedó para siempre, de un amor y la canción compartida, de un concierto en algún lugar, o de un encuentro casual con el de Barcelona y el intercambio de algunas palabras. Todas esas historias eran diferentes y a la vez tenían la misma raíz, el mismo punto en común y nexo, y se enredaban sobre las piedras de la misma casa, más bien hogar, que es Joan Manuel Serrat. Todas esas historias estaban siendo contadas una vez más, pero no por última vez, porque Serrat se despedía de los escenarios pero su legado se queda para siempre; legado que en su caso no hay que limitarlo a las canciones que deja para la posteridad, sino más bien a todas las vivencias que ellas han provocado entre los que las hemos escuchado.

Fue el viernes 23 de diciembre una noche emotiva en Barcelona, ya no solo porque fuera el colofón de ocho meses de gira en los que Serrat ha estado despidiéndose de su público por muchos rincones del planeta, sino porque creo que tanto público como artista estaban en ese punto emocional que queda entre la tristeza por el último concierto y la alegría de sabernos dichosos por una vida entera de canciones y confidencias sentimentales. Y esto se notó en todos los momentos en los que todo el Palau Sant Jordi se puso en pie para aplaudir al de Poble Sec, desde el primero cuando éste salió al escenario con ánimo de comenzar el concierto con Temps era temps, hasta el último casi dos horas y media después al bajarse del escenario, pasando por el momento en el que se cantó Mediterráneo y la ovación duró varios minutos. En todos esos aplausos, en pie hacia el cielo de Barcelona, había mucho más que el celebrar el instante, la canción cantada, en esos aplausos, que retumban en mí ahora mismo al escribir, residía sobre todo el respeto hacia toda una carrera inconmensurable y el agradecimiento a que con él, con Serrat y sus canciones, hemos aprendido de nuestra historia, de nuestro pasado, de la poesía y de la literatura, de nuestro presente, del amor y de sus derivados, y de nosotros mismos y de nuestra labor en, para y por el mundo. Y también la emotividad se notó en cada monólogo que Serrat dió entre canción y canción, en especial el primero entre Temps era temps y Cançó de bressol, con palabras medidas y sílabas entrecortadas por el paso -y el peso- del tiempo y lo que ese punto final, aunque planeado y querido, significaba.

El repertorio que Joan Manuel Serrat eligió para el último concierto de su carrera creo que tiene que ver, quiero decir que refleja muy bien, con el planteamiento que ha tenido siempre en su carrera: cantar lo que ha querido, lo que necesitaba cantar en cada momento, y hacerlo en cualquiera de sus dos lenguas, y sin ningún ánimo de hacer una lista de grandes éxitos uno detrás de otro para complacer al respetable, aunque los hubo, claro, porque son muchas de sus canciones las que van a pasar a la historia de la música popular. Y por supuesto fue un concierto en el que Serrat no cayó en la fantochada absurda de rodearse de invitados y estrellas de la música. Y, así, durante las más de dos horas que duró el recital se escucharon temas que son catedrales de la canción popular como Pueblo blanco, Paraules d’amor, Mediterráneo, Cantares, Hoy puede ser un gran día o Fiesta, junto a temas más propios de la sentimentalidad del catalán como Cançó de Bressol, El carrusel del furo, o las idóneas para la noche barcelonesa como Meu carrer y Barcelona i jo. También sonaron las emocionantes y responsables Pare, Plany al mar y Nanas de la cebolla -permítanme el eufemismo «responsable» por si a alguien le sigue molestando ese término de «canción protesta» o todavía, después tantos años, todavía no lo ha entendido-, la divertida No hago otra cosa que pensar en ti, la increíble en la ejecución a duo junto a la violista Úrsula Amargós Es caprichoso el azar o grandísimas canciones de su repertorio como Algo personal, Sería fantastic, Para la libertad o La tieta. Y todo acabó, en un segundo bis, con un Serrat solo en el escenario con su guitarra para cantar en catalán el primer tema que compuso en su vida: Una guitarra.

En muchas de las historias que se escuchaban en las conversaciones de los asistentes al entrar al Palau Sant Jordi el 23 de diciembre se relataban los momentos en los que Serrat llegó a la vida de cada persona. En muchas de las conversaciones futuras de esas personas que estuvieron esa noche en Barcelona se relatará el concierto en el que Serrat dejó de cantar en directo en la vida de cada persona. Y en todas esas historias, las de antes y las de después, emanará de la nostalgia una alegría inusitada por haber tenido la suerte de haber vivido tanto junto a las canciones de Serrat. Porque Joan Manuel Serrat encarna a la perfección aquello que decía el escritor barcelonés Manuel Vázquez Montalbán de «las canciones son, a la vez, paisaje de un tiempo, huella de quienes las cantaron y fotografía de los suspiros tolerados o prohibidos de una sociedad», y es, por ello y por tanto más, Serrat una parte más de nuestra identidad y de nuestro lenguaje emocional. Al igual que nuestros padres nos enseñaron a decir la palabra gracias, nosotros debemos enseñársela a decir a nuestros hijos y nietos. Así también, junto a esa palabra, debemos enseñarles los discos de Serrat. Y en Barcelona, a 24 de diciembre del año 2022, termino estas líneas con dos palabras: SERRAT GRACIAS.

Sintiéndolo mucho

Cuando hace un tiempo años me enteré a través de la revista EfeEme que Fernando León de Aranoa estaba preparando un documental sobre Joaquín Sabina, la alegría y la curiosidad se apoderaron de mí a partes iguales. Alegría porque cualquier documento, en este caso visual pero pudiera ser de otra índole, que recoja, o intente, la obra del maestro es más que una buena noticia. Un documento más para poder entender, estudiar y desentrañar la obra de uno de los mejores de nuestra historia de la canción. Y curiosidad también porque el trabajo cinematográfico de León de Aranoa me parece soberbio, desde la disparatada y ocurrente Familia, pasando por las obras maestras Barrio, Princesas y Los lunes al sol, y hasta llegar a la compartida con Tim Robbins Un día perfecto donde con maestría se habla de la barbarie de las guerras a través del relato de una historia menor, o incluso cotidiana, acaecida en un lugar donde ocurre un conflicto bélico. Creo que el cine de León de Aranoa tiene mucha poesía en la manera de mostrar al espectador una historia cotidiana o incluso cercana, o una serie de historias, para con ella dejarle contada al especador una historia mayor. En Sintiéndolo mucho también ocurre.

Durante doce años Fernando León de Aranoa siguió, o acompañó, cámara en mano a Sabina por diferentes escenarios, ciudades y situaciones. Imagino que sin duda con la cantidad de material grabado que haya juntado en esos años el montaje de este Sintiéndolo mucho es digno de alabar. Y lo es, ya no solo por la selección como tal, sino también por la propia disposición de lo elegido en el montaje final. Es asombroso el planteamiento de comenzar el documental con el fatal accidente que Sabina sufrió en el Wizink Center a comienzos del año 2020, para casi terminarlo con la calma de una charla entre el director y el cantante en su casa de Tirso de Molina sobre si ya hizo sus mejores canciones o todavía queda posibilidad a alguna más, para acto seguido ver a Sabina, junto a su esposa Jimena, cantar por primera vez, con Leiva a la guitarra, la canción que da título al documental: Sintiéndolo mucho. Y hago aquí un inciso porque he dicho hace unas frases que el documental «casi termina» en esas dos escenas, porque realmente a ellas les suma la grabación en estudio del tema; escenas estas que yo personalmente no entiendo porque están fuera de esos doce años de grabación y porque simplemente parece que quieren meter a capón a Leiva en el documental. Entiendo que si en doce años Fernando León de Aranoa no consiguió grabar a Sabina en un estudio, o agobiándose porque no se nota bien en la grabación, no hace falta añadir ese material al documental con el protagonismo de Leiva.

Volviendo al planteamiento del documental, además de ese inicio magnífico como ya he dicho en el parráfo anterior, se recogen en él varias historias que creo que confeccionan muy bien el puzzle que puede ser el artista Joaquín Sabina. Primero su proyección internacional mostrando los conciertos en México y el efecto fan que le siguen, le hablan o le envían cartas. Segundo, en esa misma estancia en México, la querencia de Joaquín por la cancíón mexicana, y la influencia que tiene en su obra, y por el respeto a otros músicos, así como el ímpetu de un artista de verdad que se emociona hasta el llanto con una canción, aunque la haya escuchado mil veces, o que es incapaz de no levantarse de la silla y cantarla a pura voz aunque su estado físico de cansancio y afonía no sea el idóneo para ello. También, enganchando con esto último del artista que se emociona, sobrecoge también la parte de la grabación en que Sabina va a dar un concierto en Las Ventas de Madrid, el enésimo en sus muchos años de carrera, y se comporta, con la emoción y sobre todo los nervios, como si fuera el primero en tan bendito escenario. Todo esto de la emoción incontrolada, desde mi punto de vista, distingue al artista de verdad al funcionario que se dedica a cantar sus canciones de escenario en escenario. Otro de los aspectos que se muestran en el documental que nos pueden ayudar a entender al tan tachado de polémico Sabina, es la popularidad de la que goza, se muestra además de en México cuando viajan a Úbeda a recibir un reconocimiento institucional y popular, y de que el cariño del público es hermoso pero a la vez la insistencia de la gente en hablar, tomarse una foto, o saludar con el artista puede llegar a ser complicada de normalizar. Y quizá el último aspecto que el documental recoge desde mi entender bastante importante es la grabación de Cuando era más joven en la localización donde estuvo el teatro donde se grabó en los ochenta el mítico disco en directo Joaquín Sabina y Viceversa. Gran acierto el de León de Aranoa el grabar ahí y recordar el Sabina que empezaba a explotar, y ya de paso mostrar a la persona que reconoce no haber visto en años a los músicos con los que ese día de grabación se encuentra, esto es a la persona, o al trabajador de la música, que deja, quizá inevitablemente, por el camino a personas y se agarra a otras nuevas, hablo ahora de Leiva, como si fueran el oro del Perú.

En definitiva Sintiéndolo mucho es un buen documental, que creo que satisface a los que somos muy fans de Sabina, sin duda podríamos sacar mil defectos si nos ponemos exquisitos en nuestro conocimiento sobre el de Úbeda, y que muestra aspectos de un Joaquín Sabina interesantes quizá para ese público que o bien no escucha al flaco o bien le escucha pero nunca se había planteado ir más allá en el conocimiento sobre el autor de esas canciones con las que disfrutan.